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jueves, 15 de octubre de 2009

Una comedia del amor y sus excesos


Como se había prometido, finalmente llegó nuestro comentario sobre Caperucita (un espectáculo feroz), el último trabajo del director y dramaturgo Javier Daulte y que estrenó hace poco más de un mes en el Multiteatro.

Bastante se ha comentado sobre esta obra en suplementos de distintos diarios y en portales de Internet: que tiene mecanismos teatrales efectivos, que es quizás uno de los trabajos peor recibidos de Daulte, pero que posee un gran desempeño actoral, etc.
No obstante, así como fue expresado en nuestro primer post, una de las intenciones de Arte en Calzoncillos es ofrecer una mirada "menos mentirosa y más pura". Es decir, más sincera. Y eso es lo que nos proponemos hacer.

Clickeá en Leer Más... para ver el comentario de Caperucita

Silvia (Valeria Bertuccelli) atraviesa con angustia el deterioro de la salud de su abuela Eloísa (Verónica Llinás), mientras su mamá Cora (Alejandra Flechner) busca maneras de escapar de la falta de amor en su hogar por parte de las otras dos mujeres. Y así como en el clásico, no puede faltar la presencia de un lobo feroz, Víctor, un hombre mayor (Héctor Díaz) que se ha enamorado
locamente de la joven, pero ella no podrá dedicarle su atención hasta que su abuela mejore, por lo que él decide ocupar el lugar de su objeto de afecto.

La trama del cuento infantil sirve así como disparador para generar una historia de un alcance realmente universal, con la que más de un espectador puede llegar a sentir algún vínculo que lo identifique con algún personaje o situación. A pesar de este "elogio", uno puede perder ese vínculo de una manera tan repentina como con la que lo adquirió. Y es que la irrupción del lobo contribuye a fragmentar un mundo muy bien habitado por las tres actrices y que podría incluso prescindir de él. En la historia, el personaje de Víctor se dedica al mentalismo y reduce a la nieta y su abuela con sus habilidades, un mecanismo teatral que sirve de excusa para explorar el caudal imaginario y expresivo de Bertuccelli y Llinás. Él es, entonces, el elegido para dar esos reconocibles colores que caracterizan algunos trabajos de Daulte como ¿Estás Ahí? o Nunca
estuviste tan adorable.

A diferencia de muchos espectáculos del circuito comercial, en Caperucita se utilizan de manera elogiable los recursos escenográficos de Alicia Leloutre y aportan mucho dinamismo y atractivo a la puesta en escena. El escenario se alterna constantemente en la habitación del hospital donde reposa Eloísa y en la casa donde ahora viven Silvia y Cora, y a veces se transforma en ambas. Los cambios del espacio no agotan al espectador y resultan ser los justos y necesarios. La música es muchas veces efectiva pero, en otras oportunidades, desconcertante y confabula para distraer al espectador.

Sin dudas y como muchos han expresado, lo más elogiable de la obra son las caracterizaciones logradas por cuatro excelentes actores que atraviesan diversos estados durante hora y media. Flechner brinda a su madre unos matices que a veces son realmente despreciables y fascinan porque logran ser eso: muy reales. Bertuccelli es la encargada de atravesar por la mayor cantidad de estados y subpersonalidades a lo largo de la narración (de joven adulta a niña y adolescente y del amor desinteresado al enojo desatado). A pesar de que se desgasta progresivamente debido a su exposición, se luce con su simpleza y sinceridad.
Un párrafo aparte se merecen Héctor Díaz y Verónica Llinás con sus interpretaciones de lobo y abuela respectivamente. El amor lleno de locura y obsesión pero también de humor que él profesa logra emocionar al público. De ella, sólo puede mencionarse que es fascinante verla moverse y expresarse en escena. Decir demasiado sería un desperdicio. Para concluir, la escena final, donde deberá interpretarse a ella misma tras ser devorada por el lobo, es maravillosa.

Caperucita se reduce entonces a lo que promociona: "una comedia del amor y sus excesos". Sirve como una sencilla pero muy efectiva forma de expresar la ferocidad que se adueña de las personas cuando aman demasiado y cómo puede afectar a quienes los rodean.


Caperucita (Un espectáculo feroz) seguirá en el Multiteatro (Corrientes 1283) con localidades a 50 pesos hasta el 15 de diciembre los miércoles, jueves y viernes a las 21 hs., los sábados a las 22 y los domingos a las 20 hs.

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jueves, 10 de septiembre de 2009

Luis Cano: “En escena, un texto podría tener la suerte de convertirse en materia viva”


Nacido en 1966, Luis Cano es hoy uno de los profesionales más reconocidos e interesantes de la escena teatral porteña. Hace unos pocos meses estrenó Coquetos carnavales, en el Teatro Sarmiento, de su autoría y dirección. Esta obra, que ya antes de estrenarse obtuvo tres premios, presenta a un elenco cien por ciento masculino en un juego pesadillesco que busca exponer la violencia que nos rodea.

El autor se lució, además con obras como Conga!, La forma que se despliega y Hamlet de William Shakespeare. Es además el responsable de la creación del posgrado en dramaturgia del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA) y una de las figuras teatrales que más interés ha demostrado por reapropiarse de los textos clásicos y sus conceptos centrales.



"Un texto se vuelve clásico por apropiaciones culturales. Hay un movimiento histórico que hace que sea validado como tal. Sin dudas, esas obras teatrales tuvieron algún tipo de relevancia en distintos momentos, y durante su tiempo, no fueron clásicos, sino un desvío".

De esta manera, el dramaturgo Luis Cano empieza a buscar la respuesta a una pregunta que nunca ha podido ser respondida del todo: ¿Qué es lo que convierte a un texto en un clásico?

¿Cómo se adhiere esta categoría a una obra u otra?

Lo que tienen estos textos es la habilidad de atravesar los tiempos y que, entre otras cosas, siga presente su significado. Un significado inasible, del tipo de Edipo, que se sigue representando porque son cuestiones irracionales por las que uno está atravesado. A lo largo del tiempo, se atenúan los valores urticantes que las obras tenían en su época. Entonces, lo que uno va a tener que buscar en ellos es cómo lograr que siga apareciendo la pregunta que en algún momento se tiró sobre la mesa. Sin embargo, yo no creo que la reescritura, que lo que yo hice con Hamlet, sea lo que hay que hacer.

Al respecto de su iniciativa, Cano no duda en asegurar que reescribir un texto clásico “es costoso”. En el caso de su Hamlet de William Shakespeare, estrenada en 2004, considera que lo más controversial fue que se hubiera “tocado el museo”. Lo importante no era la puesta, “sino que era imperdonable que se haya pretendido poner otras palabras a algo que estaría fijo en alguna parte”. Respecto de las “obras-museo”, Cano aclara que los clásicos se convierten en tales después de que el ambiente cultural convalide sus rupturas.


"Toda obra artística es necesariamente contracultural. Cultura y arte son oposiciones. La primera está permanentemente operando para apropiarse de la segunda, y ésta intenta constantemente intervenir ese flujo".

Cuando se termina de escribir un texto dramático, ¿vive sólo al ser representado o se mantiene vivo?


La vitalidad de aquello que pueda ser leído, se la da el lector. En escena, un texto podría tener la suerte de convertirse en materia viva, o no, que es lo que pasa en buena parte con los clásicos: textos dichos no como la cosa que son, sino como envoltorios. En esos casos, puede estar vivo de acuerdo a la extensión que pueda darle el director.

En este sentido, Cano considera que el trabajo del director también involucra dramaturgia, aunque no sea con el uso de la palabra. “En este caso, tiene que ver con el espacio, con el tipo de vínculo con el espectador, con signos, con acentos, con una realidad”.

Tal es el caso de su versión de Pelícano, de August Strindberg, en escena hasta julio de 2008. En esa oportunidad, no fue el texto sino la puesta la que fue intervenida. Y generó problemas. “El material se resistía. Es una obra en la que resulta estructural que las fuerzas sobrenaturales muevan la voluntad de las personas, por lo que retirar alegremente algunos elementos, como hice yo, debilitaba su estructura”. A partir de esa experiencia, Cano advierte: “Una intervención no necesariamente produce algo interesante”.

En el caso de autores que atentan contra formas teatrales, como Elfriede Jelinek, ¿pueden convertirse en clásicos en el futuro?

Con el tiempo veremos qué hace la historia con ella. Pienso que sí, pero habría que preguntarse en qué contexto. Cuando uno piensa desde Buenos Aires, puede no entender cómo se llega alguno de sus planteos, que disparan contra convenciones que asfixian al teatro de su lugar. En general, los textos de Jelinek se construyen desde el espacio de las convenciones. Esos autores tienen un profundo conocimiento de la teatralidad.

¿Y cuál sería el caso de Sarah Kane? En los últimos tres años, se estrenaron en Buenos Aires todos sus trabajos.


Me parece que ese fenómeno tiene que ver un movimiento de mercado. Ella integra un grupo de dramaturgos que tienen relevancia en su momento, pero dada su biografìa (Kane era bipolar y se suicidó a los 28 años), se lee su obra atravesada por esto. Sin embargo, hay textos suyos que podrían pensarse tardíos e ingenuos con otras cosas que ya se habían planteados en los setenta por Griselda Gambaro.

Por Mariana Sísaro y Emilio Zineroni

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